Detectar fraude sin criterios estructurados es revisar sin dirección: el auditor observa, pero no sabe exactamente qué buscar ni cómo documentarlo.
Sin un instrumento de verificación claro, las señales pasan desapercibidas, los hallazgos quedan sin respaldo suficiente y el informe final no refleja los riesgos reales que enfrentó la organización.
Esta herrameinta permite verificar de forma estructurada la presencia de 30 señales tempranas de fraude en seis dimensiones clave: conductuales, financieras, de control interno, de proveedores y contratos, tecnológicas y documentales, con acciones correctivas precargadas y clasificación por nivel de criticidad para cada criterio.
El auditor llega al proceso con los criterios definidos, las acciones sugeridas listas y la estructura organizada, concentrando su esfuerzo en analizar y documentar, no en construir desde cero.